Para ser sincera, no sabía por qué me afectaba tanto. Quiero decir, siempre supe que las amistades raramente duraban para siempre. Cuando dejamos de hablar, no lloré tanto. Y, dejando de lado mis falsas esperanzas de que no hubiera cambiado, siempre supe que iba a decir algo similar. Quizás no me gustaba escuchar cosas hirientes. Era, ciertamente, uno de mis defectos el ser tan débil, modesta, crédula, estúpida.
Sentí una urgente necesidad de herirme más, pero me contuve. No podía dejar que una sola persona me hiciera esto. Él no era el centro del universo, podía vivir sin él ¿Verdad?
Tomé una bocanada de aire, tranquilizándome. No podía derrumbarme, no por él. Ya no era parte de mi vida, no debía sufrir así. Con todo lo que me dijo, me quedó en claro que no valía la pena luchar por nuestra amistad. Desde hacía mucho tiempo sabía que no, pero ahí voy yo, de idiota a buscar más pruebas para salir más herida todavía.
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